
Por Rebeca Yanke
Por su aspecto me recuerda George Perec, por su pelo alborotado y loco, por las pocas fotos que encuentro en la red. Alguna con el pelo todavía oscuro, casi todas con el pelo blanco y, en muchas, una sonrisa que tengo que tildar de perecquiana. Sonrisa de hombre simpático. Henri Meschonnic murió el año pasado, en el mes más cruel, abril, y yo me topé con él hace muy poco, en una caseta de la feria del libro de Madrid, donde unos argentinos me volvieron loca también a mí. Pensaba llevarme muchos libros de Barthes, de hecho tuve que salir de allí con su clase inaugural para la cátedra de Semiología Literaria que nació con él en el Colegio de Francia, gracias a la recomendación de Michel Foucault; El placer del texto. Al azar, au hasard, se sucedió todo.
Uno de los argentinos de la distribuidora Tarahumara Libros decidió que si me interesaba por Barthes tenía que conocer a Meschonnic. Me sacó, raudo, La poética como crítica del sentido, un libro que publicó en 2007 Marmol-Izquierdo Editores. Recoge, además de valiosos ensayos de Meschonnic sobre la poética, y ésta como antropología, como ética y como política (en los que lo mismo se habla de Humboldt y Hegel que de Mallarmé) una interesante entrevista al autor sobre la traducción que llevó a cabo de la Biblia durante toda su vida. “Apenas uno dice la palabra Biblia, todo está perdido”, dice el francés.
Había estudiado lenguas modernas, latín, griego, era hijo de inmigrantes judíos en París en la década de los 20, y en la de los 60 partió hacia Argelia con una gramática de hebreo bíblico.
“Empecé mi trabajo en 1970 con la traducción de los Cinco Rollos (cinco de los libros reagrupados en los Hagiogáfos: El canto de los Cantos, Ruth, Como o las Lamentaciones, Palabras del Sabio, Esther). Publiqué en 1981 una traducción de Jonás, después en el 2001 de los Salmos. Desde entonces traduje los tres primeros libros del Pentateuco. Génesis (Bereshit) y Éxodo (Shemot), que en mi traducción se titulan En el comienzo y Los nombres; y el Levítico, al que traduzco como Y él ha llamado. Habré terminado el quinto libro del Pentateuco en 2006”.
Su acción fue la de despojar la Biblia de la interpretación y buscar en ella los acentos, los ritmos, los poemas en definitiva, aunque, según cuenta en esta entrevista que publicó Le Monde en 2005, “no hay en el texto bíblico ni verso ni prosa”. Explica que el lugar común de nuestra tradición cultural griega y cristiana impone que hay versos, hay prosa, y que la poesía se escribiría en verso. Pero añade que la Biblia es irreductible a la oposición entre verso y prosa.
“En el hebreo bíblico, los hebreos no conocen la poesía. Conocen el hablar y el cantar. Ninguna traducción que yo sepa traduce la rítmica, muy precisa sin embargo, y muy organizada –18 acentos disyuntivos, 9 acentos conjuntivos– de los 21 libros sobre 24 de la Biblia hebraica, y los otros tres tienen un sistema de anotación ligeramente diferente. La palabra “acento” en hebreo se dice “taam”. Es muy importante pensar en el sentido real de esta palabra. Significa el gusto de lo que uno tiene en la boca, el gusto de lo que uno come. Es el sabor, y es también una metáfora bucal y corporal. Y, para mí, es una verdadera parábola de la relación entre el cuerpo y el lenguaje, porque es eso lo que la Biblia hace”.
Si bien la traducción de la Biblia es, valga la redundancia, su obra magna, quién sabe si quizá inacabada pero magna, Meschonnic fue también lingüista, profesor y poeta. El mismo argentino que traduce La poética como crítica del sentido, Hugo Savino, traduce también el otro libro que me llevé de la Feria, de la caseta 69, la de Tarahumara Libros. He de reconocer que éste fue petición mía. Si me iba a llevar conmigo los ensayos, la teoría de Meschonnic, necesitaba también llevarme sus poemas. Se trata de Puesto que soy esa zarza, título hermoso donde los haya y que me tiene enganchada desde hace semanas. Poemas breves que podrían parecer inconclusos o recortados, fragmentos de algo mayor, pero que son capaces de decir todo en pocas palabras.



Para qué diluirse en amalgamas o en longitudes extraordinarias, si no hace falta. Sus poemas son batalla contra los estereotipos, los lugares comunes, los fakes poéticos y la práctica de la poesía como un decir porque sí, cuando a veces es mejor permanecer en silencio. Es, de hecho, el silencio, algo que atraviesa tanto los ensayos como los poemas de este francés quizá no suficientemente reconocido.
Según Meschonnic, “el poeta es poeta cuando no sabe lo que hace, el teórico es teórico cuando reflexiona sobre lo que no conoce y el traductor es traductor cuando da a oír lo que hace un poema y no solamente lo que dice”. En uno de los ensayos de La poética como crítica del sentido también arroja que “el lenguaje es la guerra”, creo que recogiendo a Mandelstam y su “en la poesía siempre la guerra”. Todo esto me lleva a otro argentino, Jorge Boccanera, cuya antología Servicios de Insomnio publicó Visor en 2005. Hay un poema, “Está escrito”, que viene bien para terminar con todo lo dicho:
ESTÁ ESCRITO
Un disparo podría provocar:
la caída de un gobierno,
algún alud de nieve,
o el acierto de un plomo
sobre e cuello de la botella verde
a veinte o treinta metros,
pero sobre tu piel, únicamente traería consigo
una estampida o un abrazo,
algo como una emigración de pájaros a una
provincia menos dulce,
algo como el encuentro entre la hoguera y la espuma
a medianoche.
Esto era así aquí y en cualquier parte:
en San José,
Kinshasa,
Bahía Blanca,
donde un mal carpintero descendiente de griegos y
aficionado al canto,
se había enamorado de tu boca,
como suelen enamorarse los trenes de la lluvia,
con ruidos, humaredas, aliento sobre el vidrio,
hasta que la noche daba por terminado el recorrido
al pie de los abismos del otoño.
Éramos jóvenes, entonces,
como somos ahora,
y habíamos comprendido
que dos cuerpos son mucho más que uno (es decir:
no solamente un cuerpo más)
Digo que hoy,
toda la ausencia se resume
en esa carta tuya que no viene al camino
y en la conciencia de que el futuro es nuestro.
Todo eso bajo el sol, bajo la historia de tu pelo manso
enredándose ahora en los nudosos pies de la mañana,
ondulando al son de aquellos vientos
o de la música de Mikis
u otros rinocerontes nunca ajenos que suelen compartirte,
cuando suena en el muelle el silbato de un barco,
es madrugada aún,
un pueblo crece entre estampida y abrazo
y como te decía: esto es la guerra.
“Yo escribo poemas, y ello me hace reflexionar sobre el lenguaje. Como poeta, no como lingüista. Lo que sé y lo que busco se mezclan. Y traduzco, sobre todo textos bíblicos, en los que no hay ni verso ni prosa pero sí una supremacía generalizada del ritmo. La conjunción de estas tres actividades genera en mí una cierta forma de pensamiento crítico a partir de una transformación del pensamiento tradicional del ritmo, a la cual me han llevado necesariamente estas tres actividades, justamente por su conjunción. Ello representa una crítica general de las representaciones del lenguaje y pone de manifiesto una carencia del pensamiento del lenguaje en el pensamiento contemporáneo. La importancia de la crítica ha ocultado la de los poemas, sobre todo en la medida de la resistencia que este pensamiento ha suscitado. Pero el poema, tal como yo lo entiendo: transformación de una forma de vida en una forma de lenguaje y de una forma de lenguaje en una forma de vida, comparte con la reflexión el mismo desconocimiento, el mismo riesgo y el mismo placer, la misma burla a las ideas recibidas de los contemporáneos. Es por ello que no escribo ni para agradar ni para desagradar, sino para vivir y transformar la vida”.
(Henri Meschonnic)
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Julio-agosto 2010 ©